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Acerca de la festivalización de la música

Tiempo de lectura: 6 min

Pablo Nicolás

Festivalización what?

Resultaría absurdo negar que la festivalización de la cultura —y de las experiencias en general— ha llegado para quedarse. A propósito del Día Europeo de la Música, y aprovechando además que el LPR 23 te acercará el regreso del Palencia Sonora (spoiler), parece que ha llegado el momento de pararse a reflexionar sobre algunas cuestiones que, para bien o para mal, están además en nuestras manos.

 

Antes de entrar a discutir sobre las luces y sombras de este tipo de propuestas, conviene recordar que términos como eventificación o festivalización hacen referencia a un proceso gradual al que seguramente no eres ajeno: ¿acaso no te has pasado alguna vez por los perfiles del Sonorama Ribera, Mad Cool, BBK, Primavera Sound, O Son do Camiño, Arenal Sound, o del propio Palencia Sonora? Los festivales, entendidos como eventos con un programa explícito de marcado carácter efímero son cada vez más abundantes. La proliferación de estas citas culturales resulta más clara cada día que pasa; el problema radica en una creciente tendencia a olvidar ese calificativo que las emparenta con la cultura para crecer —y de forma desproporcionada en algunos casos— en torno a proyectos que esconden otro tipo de intereses que van de lo turístico a lo político. Es por eso que cada vez son más las voces que, en medio de esta controversia, defienden la apremiante necesidad de devolver a estos eventos un carácter más sostenible y socialmente responsable.

instalaciones del festival Mad Cool, Madrid

¡Hemos venido, a emb…!, a disfrutar de la cultura de lo efímero

Hay otros muchos aspectos a través de los que se ha tratado de explicar el éxito de estos fenómenos de un tiempo a esta parte, pero va siendo hora de dejar esta especie de chapa existencialista para ir al fondo de la cuestión, porque resulta preocupante: ¿estamos siendo verdaderamente conscientes de lo que el proceso de festivalización implica?, yo tengo mis dudas. El consumo de esta oferta cultural que en algunos casos está completamente mercantilizada y se caracteriza además por un marcado carácter especulativo esconde —detrás de eficaces campañas de marketing con una estética casi romantizada en la que imperan los colores pastel— un claro problema de fondo: la precarización existente en un sector dentro del que hay enormes diferencias. Por si eso fuera poco, la irrupción de la COVID-19 ha destapado además las vergüenzas de un frágil tejido con problemas estructurales.

 

Para comprender qué se trata de exponer con esta afirmación, que algunos podrían calificar como pretenciosa, basta con subrayar dónde ha estado el foco mediático, y hacia dónde han ido dirigidos todos los esfuerzos durante la pandemia: a recuperar los grandes festivales. Algunas de las pruebas piloto que se han venido realizando a lo largo de los últimos meses evidencian este interés. En este sentido, vale la pena pararse a leer a Nando Cruz, más que acertado en su apuesta por aprovechar la crisis provocada por la COVID-19 para regenerar el sector desde la base, sin que la preeminencia de los grandes festivales sirva de excusa para abandonar a pequeñas salas, bares y asociaciones con un marcado carácter local, que son además en muchas ocasiones “los que garantizan el acceso real de la ciudadanía a la música en vivo, los que fomentan la diversidad cultural y los que cultivan el pensamiento crítico. Está en nuestras manos sumar acciones que permitan afrontar la vuelta a la normalidad de forma consciente y responsable, lo contrario es “querer reconstruir la casa por el tejado. Una casa carcomida hasta el tuétano por la precariedad, la eventualidad y los pagos en negro”.

arenal sound
Entre la turistificación y el desarrollo sostenible, ¿es posible seguir democratizando la cultura?

Que no es oro todo lo que reluce parece evidente, y estoy seguro de que muy posiblemente ya eras, en cierta medida, consciente de ello antes de leer siquiera una línea del artículo, o lo que sea esto. En medio de esta especie de viraje de lo artístico a lo turístico —dos términos que en realidad han convivido en proporciones cambiantes a lo largo de la historia de la música, pero cuya balanza se inclina en los últimos años hacia el segundo por medio de una turistificación galopante— surgen además otros debates si sumamos a la ya compleja ecuación conceptos como el desarrollo sostenible, la integración o la democratización de la cultura. En este sentido, el potencial del que disponen las artes para propiciar una clara movilización social puede ser usado con dos objetivos bien diferentes: por un lado, la clara ambición social que verdaderamente persiguen algunas iniciativas; por otro lado, son también muchas las instituciones o empresas que promueven deliberadamente acciones de marcado carácter social con el claro objetivo de otorgarse a sí mismas una creciente relevancia en su particular lucha por renovar, de un modo u otro, su hegemonía en el terreno en el que operan.

Estas prácticas se insertan en muchos casos en el terreno de la responsabilidad social corporativa y deben ser valoradas con sentido crítico por parte de un público que dispone de múltiples alternativas valiosas que respaldar. No obstante, resultaría ilógico que este tipo de casos —en los que el interés particular de un festival concreto por dar respuesta a acusaciones de elitismo o exclusión está muy por encima del resto de objetivos— empañe la creciente cantidad de acciones que verdaderamente persiguen dar soluciones contemporáneas a problemáticas de actualidad. Además, sería injusto hacer de estas líneas una crítica descarnada a todo tipo de festival, sin importar su proyecto, tamaño, localización, condición o convicciones. Se hace necesario poner de relieve las enormes virtudes y potencialidades de las que dispone todavía un modelo que está jugando un papel relevante a la hora de sobreponerse a esta crisis provocada por la pandemia en el sector de las artes escénicas en general, y en el de la música en particular.

De las múltiples externalidades positivas con las que cuentan este tipo de eventos musicales, podría ser suficiente con señalar algún aspecto que nos recuerda buena parte de lo que podemos hacer para contribuir a que el regreso a la normalidad en el terreno de la música en directo dañe al tejido lo menos posible. Por un lado, deberíamos tomar mayor conciencia de la diversidad interna existente en el terreno de los festivales —por obvio que parezca, basta con recordar que poco o nada tienen que ver entre ellos el Bilbao BBK Live, el Sonorama Ribera, o el Festival Internacional de Música y Danza de Granada— puede, y en mi opinión debe, llevarnos a ahondar en el fomento de un mayor eclecticismo.

Este aspecto —la diversidad en las propuestas predominantes— no parecía vivir sus mejores horas, fruto de la multiplicación a lo largo de los años de carteles cortados por el mismo patrón; el asunto rozaba ya el machaque, tanto así que incluso estaban empezando a surgir antes de la pandemia algunos proyectos que ahondaban pretendidamente en la diversidad de estilos musicales (Riverland), si bien lo hacían con una todavía insuficiente apuesta por el talento emergente. Por tanto, los responsables de los festivales disponen ahora de una gran oportunidad para realizar una apuesta real por el talento local que además resulta necesaria. Y digo real porque en algunos casos salta a la vista que la mayor presencia de talentos cercanos al enclave en el que se celebra el evento parece ser fruto de la ausencia de un mayor número de nombres habituales a causa de las restricciones a la movilidad y del menor presupuesto disponible.

sala cientocentro, Valladolid

Descentralización, menos bañadores y más folclore, ¿y ahora qué?

En otro orden de cosas, y paradójicamente, la imposibilidad de volver a ver escenas que son fruto de la masificación durante este 2021 ha propiciado que las iniciativas de un tamaño modesto sean precisamente las encargadas de devolver la música en vivo al medio rural y urbano. Por poner dos ejemplos, en los últimos días tanto el Arenal Sound como el Mad Cool han aplazado la edición completa para 2022. Sería de una necedad considerable decir que me alegro, pero es cierto que estamos ante una clara oportunidad de apostar por ediciones extraordinarias —algo que ya se está haciendo en algunos casos— que pueden permitir repensar formatos y afrontar problemáticas que afectan a la redistribución de la riqueza en la zona de la cita, a la relación con el entorno o a la propia creación de empleo que generan estos eventos, algunos de los aspectos que han estado en tela de juicio en no pocas ocasiones.

Esta apuesta por formatos novedosos ha cristalizado en algunos casos en una suerte de proceso de descentralización que, aunque ya se está dando en cierto modo, debería hacerlo mayor medida, la verdad sea dicha. Realizar conciertos más allá de los grandes emplazamientos habituales —explanadas inertes en los peores casos— puede ser una gran oportunidad para dotar a los festivales de nuevos alicientes, lo que permitiría además evitar el cortoplacismo para dinamizar también el medio rural en un lapso de tiempo menos breve. ¿Iglesias?, ¿piscinas municipales?, ¿plazas?...

Si Daniel Broncano —sí, además de músico y director de festivales como Música en Segura es hermano del Broncano de La Resistencia— ha programado a la Orquesta Ciudad de Granada y al Ballet Flamenco de Andalucía en una cooperativa de aceite de un pueblo Jaén, pues lo mismo no es tan mala idea respaldar este tipo de acciones que amplían el espectro. Nada nuevo, vamos; por si eso fuera poco, ya ha llovido desde que The Beatles tocaron desde la azotea de Apple Corps, en 1969, y el Festival Internacional del Cante de las Minas se realiza cada año a caballo entre un mercado de abastos de corte modernista y una…¡mina! Vaya, que no me he vuelto loco, y se trata de un argumento más para defender el eclecticismo, la diversificación y la puesta en valor tanto de nuevos espacios como del medio rural en tiempos difíciles, por la cuenta que nos trae.

 

 

Concierto en la Cooperativa de Orcera. Festival Música en Segura.

Palencia Sonora

En este sentido, el Palencia Sonora ha sido uno de los primeros festivales que han tenido lugar, aunque con restricciones, en nuestra comunidad. Se trata de uno de uno de esos ejemplos que permite sacar a la luz la enorme diversidad de festivales existentes en nuestro país, al margen de citas archiconocidas y de otras tantas que venían proliferando, cortadas por el mismo patrón (muchas en zonas costeras y con masificaciones ingentes), y que han sido cauterizadas por el COVID.

Festivales como el Palencia Sonora —más pequeños, mejor integrados en el entorno que los acoge, más preocupados por el talento emergente, por la diversidad…— tienen ahora una oportunidad de brillar, de ponerse en valor. Anteriormente ubicado en el parque público conocido como “El sotillo” y en la plaza de toros después, en tiempos de pandemia, el Palencia Sonora es un ejemplo de reinterpretación de espacios públicos, de apuesta por lo local y de cultura segura, diversa y de calidad.

 

En este sentido, Castilla y León, baluarte de la llamada España vaciada, se ha convertido en una especie de oasis en el que existe un menor número de propuestas, pero que resultan en muchos casos singulares y por tanto —en mi opinión—, más llamativas. Además, y dada la presencia de nombres como Rodrigo Cuevas o Baiuca, cabría sacar a la luz otro interesante debate que, lejos de agotarse, vibra ahora más que nunca confrontando a los más puristas con aquellos que defienden una mayor resemantización y actualización del folclore, tan arraigado en nuestra tierra; la folcorización es un tema igual de actual e interesante que la festivalización, pero ya igual para otro LPR. 

Fuel Fandang en el Palencia SOnora por Miguel Sanchez Gonzalez
Rpdrigo Cuevas en el Palencia Sonora por Miguel Sanchez Gonzalez
Baiuca en el Palencia SOnora por Miguel Sanchez Gonzalez

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