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El niño que nació de un árbol

Tiempo de lectura: 2 min

Cuento perteneciente a «Garabullos» de Gonzalo Leiva

Ilustraciones de Guiomar Martín

Hace mucho, mucho tiempo, un hombre caminaba solo en mitad del bosque. Había salido a recoger leña, cargado de un hacha oxidada y un saco de tela gastada. El hombre avanzaba tranquilo, sin especial prisa. A cada tanto, se detenía junto a un árbol y arrancaba unas cuantas ramas bajas o realizaba algunos cortes en el tronco de los árboles más viejos. «Esta prenderá bien», se decía, y asestaba uno o dos tajos más al tocón. Al hombre le gustaba mucho salir a por leña. No tanto por la propia leña, que recogía a montones, sino porque allí, solo en mitad del bosque, podía pasar un rato con sigo mismo, alejado de su familia y de sus obligaciones cotidianas, sin nadie que le dijese lo que tenía que hacer.

Los golpes secos contra la madera atravesaban el silencio del bosque cuando, de repente, el hombre escuchó el crujido de unas ramas detrás de sí. Se dio la vuelta rápidamente, por miedo a que pudiese tratarse de un lobo o de un jabalí. El otoño estaba por llegar y no era raro encontrarse con estos animales en esas fechas. Sin embargo, al girarse, no vio a ningún lobo ni a ningún jabalí. Frente a él solo había un niño de aspecto desaliñado y con la ropa sucia. Tenía hojas por el pelo y parecía recién salido de un matorral o de una zarza.

—Niño, ¿qué haces tú aquí?

El muchacho permaneció en silencio, mirándole fijamente.

—¿Estás perdido?

El chico negó con la cabeza.

—¿Dónde está tu padre?

—No lo sé.

—¿Y tu madre?

Esta vez se encogió de hombros.

—Pero bueno, será posible…

El hombre, ostensiblemente molesto, prosiguió:

—Espérate ahí sentado a que termine, anda. Y luego te vienes conmigo.

No habría pasado más de una hora cuando los dos pusieron rumbo de regreso al Pueblo. El hombre iba cargado con el saco repleto de madera. El niño llevaba un pequeño montón entre los brazos. Al entrar por la puerta de su casa, el hombre llamó a su esposa:

—¿Tú sabes de quién es este niño?

Ella le miró perpleja.

—¿No le has preguntado quiénes son sus padres?

—Sí, pero dice que no lo sabe.

—¿No será de los lecheros?

 

—Me parece que no. El de los lecheros es mayor que este.

 

—Pues entonces no sé.

 

—Bueno, mañana salgo y pregunto a ver.

El hombre se dio media vuelta y dirigiéndose al niño dijo:

—Hoy te quedas a dormir en casa, que ya es tarde para andar zanganeando por ahí.

 

—¿Y no se preocuparán los padres? —apostilló ella desde el fondo del pasillo.

 

—Bueno, si fuese el caso, vendrán a por él, ¿no? Digo yo…

Sin embargo, la noche dio paso al día siguiente y nadie vino a por el niño. Y esa mañana, cuando el hombre salió a preguntar de quién era, los vecinos afirmaban no haberlo visto nunca antes.

—¿Y qué vamos a hacer contigo, zagal? —se preguntaba el hombre rascándose la coronilla.

El muchacho le miraba como la primera vez que lo vio, con esos ojos pequeños, inquisitivos. Esos diminutos escarabajos silenciosos.

Las semanas pasaron y la familia se acostumbró a vivir con el niño. Le habilitaron la buhardilla con un colchón de paja y un par de sillas. Lo inscribieron en el colegio con los demás niños, y por las tardes ayudaba a las gentes del Pueblo con la labor. Se encargaba de recoger los cerdos de la Venancia, echaba una mano para descargar los fardos de heno del señor Paco y daba de comer a las gallinas de doña Gregoria. Los fines de semana acompañaba al hombre a recoger leña.

—Gracias, niño —le decían los mayores cuando terminaba la tarea. 

Porque todos en el Pueblo le llamaban así, niño, y casi sin quererlo terminaron por bautizarlo con un poco de esa lluvia fina de mediados de otoño. El niño no recordaba nada. Cuando le preguntaban de dónde venía o quiénes eran sus padres, él permanecía en silencio y así podía pasarse horas, envuelto en esa impasible solemnidad estatuaria que lo caracterizaba. Siempre con la mirada perdida, siempre como si contemplase algo

más allá.

El niño tenía la piel tostada, el pelo marrón y los ojos oscuros. A decir verdad, bien podía afirmarse, por su aspecto físico, que había nacido de un árbol. Su tez era seca, igual que la corteza de un tronco que ha pasado toda su vida al abrazo del sol, a la intemperie.

El niño guardaba la lentitud del bosque en sus miembros, la fragilidad del esqueje. Cuando jugaba con los otros niños, siempre le gritaban y le increpaban.

—¡Niño, pásala!

 

—¡Venga, niño, los he visto más rápidos!

 

—¡Quieres darme eso, niño!

Y él los miraba con la quietud del mármol, como si ya fuese demasiado tarde para hacer nada. Sin embargo, lo que más le gustaba al niño era jugar solo. En mitad del bosque, mientras el hombre cortaba más y más troncos, el niño corría, bailaba entre los árboles y jugaba a escarbar el suelo, a hacer agujeros muy profundos, como si buscase algo o a alguien bajo la tierra. También le gustaba irse al río, a jugar con las tortugas que descansaban en la orilla o simplemente ver el agua pasar. El niño que nació del árbol se fue igual que había venido. En silencio, sin que nadie supiese cómo ni por qué.

Un día lo vieron adentrarse solo en el bosque y nunca más volvió a aparecer. Algunos decían que había vuelto con su familia de verdad. Otros, que se había ahogado en un remolino. Solo algunos, unos pocos, dijeron que aquel pequeño milagro verde había regresado al bosque para convertirse de nuevo en un árbol.