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Borondo

⏰ Tiempo de lectura: 5 minutos

La Perdíz Roja

*Anexo Carmen Abril

Hereditas 

Hereditas es una conversación con el pasado. Una conversación con nuestras imágenes. Es un grito cultural, un sueño religioso. Se trata de una muestra completa, llena de simbolismo, que hace un recorrido entre lo animado y lo inanimado; desde el mundo mineral, al vegetal; desde lo humano, al éter.

 

Una propuesta visualmente única.

En palabras de Josemarria Parreño, el Comisario de la exposición:

Desde la perspectiva del arte contemporáneo, Hereditas es una creación site specific y un conjunto de instalaciones. Es una obra coral, que rompe con la lógica a la que estamos acostumbrados. Borondo interviene todo el edificio, extendiendo su “interacción” hasta los últimos rincones. Trastorna el recorrido convencional del espectador, proporcionándole sorpresas y momentos de auténtico goce sensorial. (…)”

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Hereditas | Gonzalo Borondo

Es una flecha directa al cerebro del visitante, donde el artista desentierra nuestra cultura (Hereditas, del latín, heredar). Un paseo a través de nuestras raíces, unas raíces que Borondo ha sabido transformar visualmente en una exposición absoluta, que toma el museo para engendrar en sí mismo un nuevo museo.

Hereditas invita a mirar, a dejarse sorprender, a volver a mirar. Juega con los ojos del espectador mientras analiza nuestro pasado colectivo. La identidad de un pueblo que siempre ha evitado mirarse al espejo, ahora al descubierto. La tradición, la cultura y el paso del tiempo, reconstruidos de manera artesanal con madera, neumáticos, pintura, hierro y cristal.

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Hereditas | Gonzalo Borondo
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Hereditas | Gonzalo Borondo

Herramientas y conceptos: canales

Uno de los aspectos más interesantes de la exposición es el uso de herramientas innovadoras; como juegos de luces, efectos de realidad aumentada con espejos, proyecciones, etc; para hablar de nuestras raíces, de nuestra tradición. Esta exposición deja clara la necesidad de no hablar siempre de conceptos y herramientas como si fueran compartimentos estancos. Muestra cómo la tradición es capaz de autoanalizarse, contradecirse, reinventarse y generar una conversación en torno a sí misma.

 

Empezamos el recorrido y nos vamos encontrando parajes únicos, con obras pequeñas, llenas de detalles. Negativos de fotografía, recuerdos de infancia, piezas únicas de una vida pasada, fotos que el autor utiliza como vehículo para inspirar un pasado que todos tenemos, un fino hilo une la mirada de Borondo y el espectador.

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Hereditas_Borondo_ph © Roberto Conte-13
Hereditas | Gonzalo Borondo

Seguimos recorriendo la muestra y nos salen al encuentro espacios abiertos que juegan con la luz, la perspectiva y las sensaciones. Obras gigantescas, de varios metros, difícilmente abarcables con una sola mirada. La solemnidad lo inunda todo.

Paseamos a través de mundos de oscuridad inmaterial. Juegos de sombras nos señalan el camino, y grandes pinturas nos van sorprendiendo a nuestro paso. Recorremos un museo intervenido de manera completa, que nos traslada a un sueño lúcido, donde el artista nos guía a través de nuestras raíces, nos planta frente al espejo de nuestra identidad como pueblo.

 

En la ejecución de las obras se emplean técnicas mixtas como pintura, collage, animación y realidad aumentada junto con piezas históricas, y esculturas clásicas del Museo de Escultura de Valladolid

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Hereditas | Gonzalo Borondo
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Gonzalo Borondo trabajando en el montaje de Hereditas

Borondo

Gonzalo Borondo es un artista multidisciplinar nacido en Valladolid en 1989. Cuenta con una gran trayectoria, sus pinturas e instalaciones de arte público pueden encontrarse por todo el mundo, tanto en museos como el Museo d’Arte Contemporanea de Roma como en murales de Kiev, Londres o Las Vegas. Su labor es reconocida dentro y fuera del ámbito del arte contemporáneo.

HEREDITAS, en el Museo Esteban Vicente de Segovia, abierta al público desde el 8 de abril hasta el 26 de septiembre de 2021.

ANEXO: Hereditas al respecto del arte contemporáneo: Bravo Borondo

Carmen Abril Martín

Sería un comentario amarillista -y además un poco bobo- decir que el arte contemporáneo está en crisis. El arte siempre ha estado -y siempre estará- en crisis porque es en sí una cosa crítica, conflictiva, que se nutre y evoluciona precisamente de su constante lucha contra sí misma.

Sería además una cuñadez afirmar -como, lamentablemente, algunas personas de mi máster en cultura contemporánea afirmaban- que el arte como tal; el arte Arte, EN MAYÚSCULAS (madre mía); ha muerto, y que lo de ahora son sólo mamarrachadas excéntricas de 4 niños pijos.

Cuando los impresionistas, y más tarde Picasso, y en su día Goya, se pusieron a hacer “mamarrachadas excéntricas” tampoco faltaron académicos mohínos con esta -a su parecer selectísima- opinión. El arte no ha muerto ni morirá, pero avanza implacable como la propia Historia, revisitándose y renegando de sí al mismo tiempo, dando lugar a genialidades y a mamarrachadas indistintamente, y sólo a cada uno corresponde separar el grano de la paja.

Si alguien te viene hablando del Arte en mayúsculas como un ente elevado y precioso que se encuentra en proceso de agonía por la decadencia de los tiempos, hazme caso, desconfía. Se está haciendo el listo.

Sin embargo, sí que se puede afirmar modestamente (pues en un escenario tan múltiple y variado como el de ahora, todo hay que afirmarlo modestamente) que el arte contemporáneo tiene ciertos problemas en su conquista del público popular, que es, en mi opinión, el público al que el Arte en mayúsculas (suponiendo que lo hubiera) ha de aspirar a conquistar.

Hicieron mucho daño el neominimalismo norteamericano y el arte conceptual, o, mejor dicho, ciertos minimalistas norteamericanos y ciertos artistas conceptuales.

Cuando Duchamp y su pandilla, hace ya 100 años, se dedicaron a escandalizar a todo el mundo con su reinterpretación radical del arte quizá esto tenía un sentido más claro, pero, con los años, reinterpretaciones de reinterpretaciones después, parece que deja de ser suficiente con innovar.

Escándalos como el del plátano pegado con cinta americana a la pared en ARCO hace un par de años, o la “escultura invisible” que vendió hace poco un artista italiano por 15.000$, contribuyen a reforzar esta idea, que viene flotando en el aire desde hace décadas, de que los artistas contemporáneos tienen “mucho morro” y de que “a cualquier cosa se le llama arte ya”.

Algunas buenas obras de arte conceptual contemporáneo se basan precisamente en provocar una reacción en el público; apelan directamente al espectador, quien casi podría decirse que “completa” la obra con su respuesta; y son profundas, perspicaces e intensas. Es el caso, por ejemplo, del arte performativo “colaborativo” de Marina Abramovic, abierto a modificación del público, a interacción.

También hay artistas plásticos con propuestas interesantes, sólidas, concienzudas y diestramente llevadas a mano -hay toda una escuela de pintores jóvenes reinventando el óleo-como la de Gonzalo, y ahora voy con eso.

Otras, la verdad sea dicha, son una auténtica mamarrachada y fruto, efectivamente, del «morro” de ciertos individuos a los que la vida se lo ha puesto en bandeja y han aprovechado su opoetunidad, vale. Ellos no representan “el arte contemporáneo”, pero sí afectan a su imagen que, curiosamente en los círculos más pretenciosos y los menos (los pseudoentendidos de arte y los que no tienen ni idea), está bastante cuestioada

Bravo Borondo

 

A este respecto, Gonzalo Borondo es un guerrero de la reconquista de la opinión pública por el arte contemporáneo. Heredero de artistas como Louise Bourgeois, continúa esta nueva escuela contemporánea que no por lo conceptual renuncia al trabajo artesanal exigente y minucioso; que es concepto puro, sí, pero accesible, comprensible, y técnicamente variado, cuidado, perfecto. Para mí el Arte en mayúsculas-repito, de haberlo- es aquel que, contando una visión particularísima del mundo, la del Autor, es capaz de expresar algo universalizable, con lo que cualquiera pueda sentirse admirado e identificado.

Una de las cosas que más me llamo la atención de la exposición de Borondo (además de TODO, de verdad que hay que ir) fue la emoción de la gente que estaba junto a nosotros viendo la muestra. Eran personas “mayores”, de la edad de mis padres, y no eran -o no parecían- gente cultureta ni intelectualoide, sino gente “normal”. Y estaban maravillados. “Madre mía, esto SÍ que es arte” llegué incluso a escucharle a dos señoras con los ojos hechos chiribitas.  

Los empleados del museo encargados de vigilar las estancias -estas figuras de habitual aburridas, que cambian el peso de un pie a otro, bostezan y te recuerdan que no hagas fotos- estaban entusiasmados, te explicaban el orden del recorrido, no como un procedimiento tedioso, sino como de verdad ilusionados por lo que ibas a ver, y queriendo que disfrutaras de la experiencia tal como estaba planteada para disfrutarla al máximo

Te daban detalles, “estas pinturas están echas directamente sobre la pared del museo, cuando acabe la expo se pintará encima, desaparecerán” no porque fuera su obligación, sino por placer, porque querían hacerlo; estaban orgullosos.

La emoción de sus voces es algo que me llegó muchísimo.

 

Al salir, el chico del mostrador nos preguntó “¿os ha gustado?”

nosotros “síiii, muchísimo, es una auténtica maravilla, una pasada”

y él respondió “ay, ¡muchas gracias!”

Obviamente lo dijo automáticamente, sin pensar, pero porque ¡la sentía suya!

Qué maravilla. Como le dije a aquel chico, es una auténtica pasada.

Qué triunfo del arte como institución popular, como vector de comunicación. También como medio de expresión intimísima y personal del autor, como gozo estético y sensorial, pero eso ya tenéis que verlo.

Bravo Segovia, Bravo Esteban Vicente, Bravo Borondo.