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El eslabón perdido de la Historia de Castilla

⏰Tiempo de lectura: 10 min

Asociación Abrigaño – Estudios castellanos

Declaración de intenciones

Cuando hablamos de Castilla pensamos generalmente en campo, despoblación, ruina y escombros; aunque también en imperios, guerras y soldados medievales. Estas ideas generalizadas tienen en común que identifican lo castellano con algo antiguo, contrapuesto a la modernidad. Son ideas que tienen un aura de verdad pues fundan sus raíces en hechos ciertos. Nuestra labor en la Perdiz Roja, y lo que pretende este artículo, es precisamente señalar el momento en el que Castilla “se rompió” y pasó a ser algo antiguo. Este momento es el eslabón perdido en la historia de Castilla que nos impide comprenderla y, con ella, comprender España. 

Hoy España es parte del menú ideológico mayoritario: se desayuna, come y cena España. Bien sabemos que España tiene importantes problemas territoriales, históricos y culturales con expresión política propia, que hunden sus raíces en procesos históricos, habitualmente ocultos bajo mitos y toneladas de propaganda. A pesar de ello, como dice la canción, “las cicatrices nos recuerdan que el pasado fue real”: esas cicatrices que hoy acompañan a nuestra gente vienen de  períodos muy concretos. En la construcción nacional española, Castilla es una sombra sobre la que queremos arrojar luz.

3 MITOS 

Como decimos, nuestro punto de partida es confrontar la idea de que Castilla “no se modernizó”. Esta idea generalizada suele apoyarse en 3 mitos:

Castilla sella su destino desde el inicio de la reconquista

Existe una recurrente explicación que parte de identificar lo castellano con un fenómeno feudal enmarcado en la -mal llamada- “Reconquista”: Castilla se asentaba sobre un marco jurídico arcaico, nobiliario y de base agraria. Sus instituciones se basan en los pequeños municipios y minifundios, en la hidalguía y el rentismo, en una comprensión cerrada y estricta de la escolástica medieval. Por ello, Castilla es incompatible con el desarrollo capitalista e industrial: la revolución industrial no se dio en Castilla por la mentalidad arcaica de sus gentes y lo rígido de sus instituciones.

Castilla sella su destino tras la derrota comunera

A diferencia del mito anterior, este sitúa Castilla como un proyecto de modernidad fallido y oprimido por la aventura imperial española. Castilla tenía todos los elementos en el siglo XV para convertirse en el origen de la modernidad capitalista, pero la derrota de la revolución política comunera y la imposición del régimen fiscal de la monarquía hispánica ahogaron todo posible desarrollo propio hasta el punto que éste se dio antes en las regiones “periféricas” de la monarquía: Cataluña o País Vasco.

Castilla resultó discriminada por el gobierno español, que prefirió beneficiar a catalanes y vascos

Otro mito recurrente es el que entiende que, tras las transformaciones políticas del siglo XIX, Castilla y el resto de antiguos reinos hispánicos desaparecieron, tanto jurídica, como social y políticamente. La creación de un nuevo Estado Español al estilo liberal consolidó la tendencia centralista ya impulsada por el absolutismo de los Borbones del siglo XVIII y, a cambio de ello, desde el gobierno se promovió la industrialización de las zonas “periféricas”. La permanencia de los fueros y la política de infraestructuras serían la muestra de esta discriminación.

Estas tres ideas se apoyan en procesos parcialmente ciertos. Las formas sociales arcaicas y medievales subsisten en parte incluso hasta la actualidad. La derrota comunera y la contrarrevolución posterior pusieron las bases del despegue del sistema capitalista mundial en su primer ciclo de acumulación. La centralización española con el liberalismo obligó a alcanzar una serie de pactos entre facciones burguesas con consecuencias territoriales. Pero estas circunstancias, por sí mismas, no explican la situación de Castilla en el siglo XX y XXI.

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El eslabón perdido de la historia de Castilla

El eslabón perdido: La revolución harinera 

Frente a estos mitos, creemos que falta profundizar en un período histórico sumamente convulso, y a la vez sumamente ilustrativo, que sienta las bases de lo que somos hoy. Se trata del inicio de la industrialización en la zona harinera castellana. Una industrialización que condicionaría el desarrollo posterior de este territorio y sus colindantes así, como del conjunto del Estado español. 

En España, el recorrido que lleva desde la abolición del Antiguo Régimen a la formación de las primeras capas sociales propias de la modernidad capitalista es sumamente corto. En apenas 20 años, que median entre la reinstauración de la Constitución de Cádiz en 1820 y el inicio de la explotación comercial del Canal de Castilla en 1849, se sientan las bases para la formación de toda una transformación social similar a la ocurrida en otras latitudes de Europa. En este caso, apreciamos tres incentivos jurídicos que afectaron principalmente al desarrollo industrial castellano:

  • Las desvinculaciones: la posibilidad de la apropiación privada de la tierra en sentido liberal permitió el cambio de uso del suelo de amplios territorios y el cambio de ocupación de sus pobladores.

  • Las desamortizaciones: iniciadas en 1834, las desamortizaciones supusieron un revulsivo para la acumulación de propiedades en pocas manos, lo que permitió formar una incipiente burguesía agraria con capacidad de inversión.

  • Las revolución pasiva: la reorganización del Estado tuvo numerosos frentes, como la creación de las provincias como instancia de gestión de las inversiones públicas, que fue clave para romper con las lógicas territoriales previas, que impedían el despliegue de infraestructuras básicas para la industrialización. Algunas son muy visibles como los canales o las nuevas redes de caminos y carreteras. Otras normativas en apariencia tan dispares como la adopción uniforme de pesos y medidas o la creación de cuerpos policiales propios como la Guardia Civil también resultaron cruciales para la introducción generalizada de nuevas relaciones sociales. Este período de revolución pasiva, en palabras de J.L. Villacañas, sienta las bases para la formación de un Estado adaptado a la modernidad capitalista.

La burguesía del pan

Estos factores, aunque comunes a todos los territorios del Estado, propiciaron la existencia de una muy activa capa burguesa en torno al Canal de Castilla que rápidamente marcó la diferencia con el resto de sectores económicos: la industria harinera doblaba en trabajadores al siguiente sector en importancia (la industria lanera) y cuatriplicaba su inversión en capital (100000 reales frente a los 25000 del segundo sector). Esto se plasma de manera notable en el surgimiento de varias familias de industriales que se consolidaban como una capa burguesa propia, forjando una alianza entre Valladolid y Santander que pujaba por el control de las infraestructuras, la banca y los resortes del Estado mientras explotaban la producción y el comercio de grano y harina, especialmente a las colonias españolas. El nacimiento de medios de comunicación propios es la consecuencia de este clima social, con cabeceras aún hoy perduran como El Norte de Castilla.

La forja y el declive de «lo castellano»

Durante unas pocas generaciones, esta rama industrial permitió transformar la autopercepción colectiva de lo castellano. Para la segunda mitad de siglo, ya conocemos proyectos regionalistas en clave castellana con el centro de gravedad muy fuertemente ligado a Valladolid-Palencia-Burgos. Así se comprende por qué las propuestas de estados federales para España que emergen en torno a la Revolución de la Gloriosa de 1868 suelen recoger, o un gran Estado Castellano , o un Estado de Castilla la Vieja con capital en Valladolid. La proyección de la Castilla harinera como modelo de modernización se extendía por los distintos territorios del interior peninsular proyectando una imagen de lo que podía ser Castilla, seduciendo a sectores progresistas leoneses o manchegos.  Como un aspecto colateral, pero no despreciable, es en estas décadas en las que se produce una transformación del paisaje castellano motivada por las necesidades de una mayor densidad de población y de las necesidades de la pujante industria de base agraria. La deforestación completa de los montes y páramos de Torozos y Tierra de Campos pasan a formar parte del imaginario popular como la propia imagen del paisaje castellano.

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El eslabón perdido de la historia de Castilla

Posteriormente, el declive de esta actividad económica, totalmente vinculada a la política arancelaria del Estado respecto de las colonias caribeñas, supone el declive de toda la actividad industrial del territorio y su correlato en la autopercepción colectiva. Problemas financieros, retrasos en la construcción del ferrocarril y una dinámica empresarial lastrada por la fragmentación son las principales causas del lento declive del sector; aunque hay más factores. El clima político que se genera tras el sexenio revolucionario con la restauración conlleva un pacto de élites para asegurar la estabilidad española, en el que el papel de las “élites harineras” fue clave. El llamado desastre del 98 no es simplemente una cuestión de orgullo nacional español, sino el cierre final de varias décadas de industrialización propia en un ámbito  castellano. Es sólo después cuando el éxodo poblacional desde el campo castellano a las ciudades se vuelve la tónica, si bien la dinámica demográfica es aún capaz de sostener la población hasta la llegada del desarrollismo franquista en los años 60.

Los motines del pan: radiografía de una estructura de clases nueva

La Historia seria atiende a los procesos y no a los sucesos. Pero hay sucesos que son capaces de capturar todas las tensiones que atraviesan un momento histórico particular, sucesos que son elocuentes. Es el caso de Los motines del pan.

Los motines del pan nos hablan de cómo una gran masa ya proletarizada de asalariados agrícolas dependía completamente de los ciclos del capital productivo instalado en el territorio. Los sucesos del año 1856 muestran claramente cómo la especulación de la burguesía industrial harinera provoca una subida de precios que aboca a la población al hambre. La relevancia de la nueva estructura social se aprecia en cómo se forman los propios motines y el papel que adoptan hombres y mujeres en ellos, mostrando cómo una división sexual del trabajo propia de la modernidad ya se había instalado en este territorio.

Además, la coyuntura en la que se producen es muy relevante. Estamos en un periodo progresista tras la revolución de 1855, que vuelve a iniciar un nuevo proceso de desamortizaciones. Hay esperanzas en los espacios políticos progresistas de abrir un nuevo periodo de avance social pionero en Europa. Sin embargo, la lentitud de las reformas y una coyuntura económica  desastrosa generan una importante desafección que se traduce en numerosos motines dispersos. En Castilla, una epidemia de cólera hace que durante el invierno entre 1855 y 1856 la situación esté contenida por las medidas adoptadas para evitar la propagación de la enfermedad. Pero en verano, cuando la epidemia remite y la situación de carestía persiste, estallan los motines. Quién los dirige –el proletariado urbano y rural- y contra quién los dirige –fábricas harineras y dependencias del Estado como los fielatos- revelan un cambio radical frente a los motines de los siglos anteriores, dirigidos básicamente contra los señores y los ricos. Por otro lado, este nuevo proletariado carece aún de proyecto político propio ya que las ideas socialistas habían llegado de forma muy reciente a la península, lo que hace que la dimensión política de estos estallidos sea nula.

Conclusiones

Lo importante de los motines del pan es lo que niegan: estos sucesos niegan una continuidad perfecta entre las formas sociales propias de la Edad Media y las que se despliegan ya en el siglo XIX, hasta el punto en que podemos afirmar que cualquier generalización de la población castellana como una simple extrapolación de valores y estructuras sociales medievales es una idea peregrina y un estereotipo cargado de ideología.

Castilla sí se modernizó, pero colapsó

Como conclusión, vemos que los distintos mitos sobre la Castilla medieval, antigua, rural y extinta encubren un hecho cierto: sí hubo modernización en Castilla. Hubo industrialización, Estado moderno, fábricas, proletarios y burgueses. Hubo todo esto como lo hubo en otros territorios de Europa y de España y es por ello que hubo también un proceso de regionalización-nacionalización en torno a lo castellano que sentó las bases de la percepción que tenemos hoy de Castilla. ¿Por qué? Porque el fracaso histórico de este desarrollo industrial acabó dejando a toda la región como atrasada frente a las que sí pudieron sortear las distintas crisis económicas del siglo XIX y llegar al siglo XX con una base industrial suficiente para acometer una segunda fase de industrialización. Esa Castilla en escombros que heredamos se parece a la percepción colectiva que tenemos hoy de las zonas mineras de Asturias y León, zonas deprimidas por un declive económico irreversible. Territorios en escombros que pierden también sus marcos de referencia colectivos.

Es importante atender a este eslabón perdido de la Historia de Castilla para evitar perdernos en mitos: la decadencia de Castilla no viene de la época del absolutismo, los tercios y las américas. Viene de la época de los jornaleros, las sociedades de crédito y los aranceles. 

Hoy, la consciencia colectiva de la industria harinera persiste como recurso turístico o patrimonio monumental en la zona de Palencia, Medina de Rioseco o Valladolid. Hoy, el recuerdo de los motines es algo tenue –aún-, aunque en las últimas décadas se ha empezado a desenterrar. El trabajo académico de J. Moreno Lázaro, las iniciativas feministas de homenajear a los motines en Valladolid en 2014 o 2017, las canciones de Guille Jové o el homenaje en Palencia en 2021 llevado a cabo por Espliego, son ejemplos de un lento despertar de la memoria colectiva. Todas estas son iniciativas que, en palabras de Pablo Batalla, sirven para ensanchar nuestra memoria.