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La perdiz roja y Miguel Delibes

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Carmenr Abril Martín

De vuelta al inicio

Ya lo decíamos en su día: “La Perdiz Roja” es un guiño a Miguel Delibes en especial y, por extensión, a Castilla en general.

 

Delibes habló (mejor dicho, escribió) en numerosas ocasiones acerca de la perdiz, lo que parece lógico si se tiene en cuenta que, como sabe todo el mundo, Delibes era cazador. A los cazadores les encantan las perdices. Probablemente, más allá de la exquisitez culinaria que suponen, por lo escurridizas que son y lo estimulante y retador que resulta acecharlas. Además son preciosas (ir a «Por qué la perdiz roja»).

"El Barbas" Museo Nacional D'Art de Catalunya

Miguel

Pero Delibes no era solo cazador, eso también lo sabe todo el mundo. Era un escritor sublime y un enamorado de Castilla. Casi se podría decir -lo decimos- que Delibes fundó el neocastellanismo: una visión nueva que, más allá de regeneracionismos ilustrados (Julio Senador, Azorín..) y de pesimismos oscurantistas (generación del 98), hablaba de Castilla de una manera lírica y tierna. Desde dentro, con amor. Delibes era cazador, un escritor sublime y un tío castellanísimo.

Miguel Delibes en el campo con su mujer, Angeles de Castro (Cultura/El País)

Era además, y esto quizá no lo sabe todo el mundo, un tremendo humanista. Uno de esos raros especímenes que aún creen -seguramente por tomar como referencia su propia bondad- en la Humanidad como sujeto, que aún tienen esperanza en su salvación. 

El suyo no era un humanismo etéreo y soñador, sino llano, realista. Más que “La naturaleza humana es buena”, Delibes defendía que el Hombre puede ser bueno, pero se encuentra actualmente confundido, enajenado. Y más que situar a la Humanidad en el centro, Delibes la situaba en el complejo sistema natural al que pertenece, y del que, aunque cree erróneamente ser dueña, es sólo parte. 

 

Delibes era cazador, un escritor sublime, un tío castellanísimo y, además, era humanista y realista. De la combinación de estas dos últimas cosas se deriva una tercera, y es que Delibes era ecologista.

El Olimpo de las Letras 

En 1975 Delibes fue honrado con una silla en la Real Academia de la Lengua Española (yeah). Sin duda sufriría muchísimos nervios pensando qué decir en su discurso de ingreso, puesta en escena total ante el Olimpo de las letras que es la RAE. Y en lugar de resumir su carrera, darse ínfulas, hacer un llamamiento a las nuevas generaciones de escritores o hablar de literatura, Delibes eligió hablar de Ecologismo. Se plantó allí, delante de todos esos exquisitos white old man de refinadas formas y afiladas opiniones y se puso a hablar de ecologismo.

Ecologismo añejo

Era 1975 y el ecologismo llevaba literalmente 7 años inventado. Era solo un eco internacional (El club de Roma), una voz de alarma que se perdía entre los colores y cánticos de un desarrollismo recién estrenado cargado de furor, plástico y americanismo. 

 

Delibes habló de ecologismo, de Humanidad y de Naturaleza; de su relación y convivencia; del futuro. Fue muy valiente, muy auténtico, muy chulo y demostró una cosa: que estar preocupado por las propias raíces, por el legado cultural de uno, por el futuro de su tierra en concreto, es un todo con estar preocupado por el mundo, por las raíces del resto, por el futuro de la Tierra en general.

Benidorm, verano del 69

Un mundo que agoniza

Delibes halaba de ecologismo, además, no desde una perspectiva soñadora y desarticulada, sino llamando de manera muy concreta a la acción, a las medidas y a las claves para el futuro, y a la importancia proverbial, sagrada e incontestable, de la Naturaleza en todas ellas. Al replanteamiento de la vida contemporánea postindustrial, a la reconsideración de la vida rural, de la vida en el campo; espacios, campo y pueblo, ya entonces marginados y desangrados de población y vida por el irresistible poder magnético de los núcleos urbanos.

 

Podéis encontrar el discurso entero en un librito que publicó Plaza y Janés ese mismo año bajo el nombre “Un mundo que agoniza” (y también pinchando en este link)

Por Castilla y por la Tierra; Amigos, daos p*ta cuenta.

“La perdiz roja”, nosotras (hola), es un guiño a Delibes, pero sobretodo es un proyecto preocupado por Castilla y por la Tierra, entendiendo una como parte natural de la otra y haciendo honor a aquel lema, ya casi vintage, de “piensa global, actúa local”. 

En LPR, pensando en el futuro del Mundo, queremos actuar en Castilla. Creemos que el vaciamiento del mundo rural, la hiperconcentración de la población en las ciudades, el aceleracionismo imperante en todos los aspectos de la vida, las redes sociales y su hechizo, la precarización laboral, el consumismo compulsivo y, en fin, este mundo loco de las sociedades contemporáneas postcapitalistas, tienen consecuencias perjudiciales para la vida en la Tierra, y para la vida de la Tierra. 

Tampoco pretendemos cambiar el mundo. Una mejor distribución de la población por el territorio, aunque deseable, es una quimera y una transición que exige ingentes despliegues de medios técnicos, políticos y económicos. El refrenado de la compulsividad a la que nos venimos entregando cada día más es una de los retos más importantes y a la vez más irrealizables a los que se enfrenta nuestra civilización. El desacompasamiento de las distintas zonas del mundo en cuanto a desarrollo industrial hace que hablar de “frenar la degradación de la Naturaleza” suene más a idea hippie que a proyecto global.

No pretendemos -tampoco podríamos- cambiar el mundo. Somos una revista cultural regionalista y juvenil, se da por hecho. Somos un pedo. Ni siquiera somos capaces de conseguir que cambiéis vuestros hábitos de lectura digital y os quedéis leyendo un artículo más de diez minutos. Pero queremos contribuir, aunque sea un poco, a la trasmutación de valores que, poco a poco y por su propio peso, ha de ir dándose. Estamos convencidas de que un pensamiento más ecologista, más slowlife, terminaría derivando positivamente en el (también quimérico) proyecto de repoblación de Castilla. Intentando transmitir a los jóvenes de la región una visión nueva de las cosas, de la Naturaleza, de su tierra, de la cultura popular y el patrimonio que, quieran o no, han heredado, se dan más pasos de lo que parece hacia un horizonte de posibilidades, cargado de riqueza para ellos mismos. Amigos, daos cuenta. El mundo es vuestro y no está a un golpe de índice en el siguiente storie, sino en la p*ta calle.

Anexo para incansables: Fragmento de «La caza de la perdiz roja».

De parlada con el Barbas; Filosofía socarrona. 

«

– ¿Roja, jefe? ¿A qué ton le dice usted roja a la perdiz?

 

-Se dice roja, ¿no?

 

En el rostro de Juan Gualberto, el Barbas, se  dibuja un gesto socarrón,  displicente. Alza los hombros:

 

– ¡Hombre, por decir!

 

-La perdiz tiene el pico rojo ¿no?

 

-A ver.

 

-Y las patas rojas, ¿no?

 

-A ver.

 

-Entonces…

 

EL Juan Gualberto es taimado y sentencioso. Lo era ya veinte años arriba, a raíz de cumplir los 50. El buen perdicero, el perdicero en solitario, reserva la premura para una necesidad. Verbigracia: cuando el bando apeona hacia la ladera es preciso sorprenderle a la asomada. Por lo demás, Juan Gualberto, el Barbas, es cauto y cogitabundo; gusta de llamar al pan, pan, y al vino, vino:

 

-Por esa regla de tres lo mismo podría llamarle usted roja a la chova de campanario.

 

-Lo mismo.

 

Pero El cazador, que conoce la perdiz pardilla, la perdiz andina, la perdiz nórdica, sabe que ninguna como la patirroja.

 

-Mire usted, Barbas, para bajar una pardilla o una perdiz cordillerana basta con reportarse (en su zona).

 

El Barbas, para aculatar mejor la escopeta, saca el brazo derecho fuera de la americana. Su hombro izquierdo está tazado, deshilachado por el tirón del morral. El Juan Gualberto, el Barbas, leva más de cincuenta años en el oficio y conoce el ganado y sus trochas y sus querencias.

(…)

 

El Juan Gualberto utiliza una escopeta de gatillos exteriores, mohosa y desajustada, que no vio la grasa dese a guerra de Marruecos. Cuando tira, para extraer el cartucho vacío, introduce por la boca del cañón una ramita seca de freno a modo de baqueta y empuja hasta que sale. El Juan Gualberto, el Barbas, fumar sin echar humo, fuma una vieja colilla que es en su boca como la lengua, un apéndice inseparable. A veces la prende con un chisquero de mecha, de fuego sin llama y, en esos casos, en torno al Barbas se forma una atmósfera irrespirable, de paja quemada. Pero el Barbas, prende su colilla para dejarla apagar otra vez.

 

-Es la manera de sacarle el gusto al tabaco, jefe.

 

El perro del Juan Gualberto, el Barbas, atiende por Sultán y está viejo y sordo y desdentado como el amo. Es un perrote carniseco y zambo, fruto de un cruce pecaminoso de loba y pastor. Pero aún rastrea, y se pica, y si la pieza aguarda, hasta hace una muestra tosca y desangelada, las muestras del Sultán son inevitablemente toscas y desangeladas, pero advierten, sirven, al menos, para que uno se ponga en guardia. Y si la liebre arranca, ladra y alborota como un podenco.

 

– ¿Qué tiene usted que decir de este perro?

 

-Nada.

 

-Por eso -el Barbas mira tiernamente al bicho-. Al animal solo le falta hablar.

(…)

 

A menudo Juan Gualberto se queda como pensativo, colilla perdida entre los pelos de la cara, la frente fruncida noblemente bajo la boina pringosa, la misma bina que dejo en el pueblo, allá en el año nueve, para sentar plaza.

 

-Digo yo que qué tendrá esto de a caza, que cuando le agarra a uno, uno acaba siendo esclavo de ella.

Al Barbas es un punto más que inútil andarle con altas filosofías. La caza tira de uno porque sí, porque se nace con ese sino, como otros nacen para borrachos o para mujeriegos. Para Juan Gualberto, el Barbas, la caza tira de uno y sanseacabó. Al Barbas, es punto menos que inútil mentarle a don José Ortega y Gasset.

 

– ¿Era ese señor una buena escopeta?

 

-Era una buena pluma.

 

– ¡Bah!

 

Don José Ortega entendía que mediante la caza todavía el hombre civilizado “puede darse el gusto durante unas horas o unos días de ser paleolítico”, es decir, de retornar a un estado provisional de primitivismo. No es una mala razón. Más aún cabe preguntarse si un ejercicio que requiere tamaño sacrificio queda compensado por el hecho de sentirse paleolítico durante una jornada. El Cazador presume que don José Ortega omitió volver la medalla, es decir, recapacitar en las ventajas del retorno, o sea en la revalorización de las pequeñas cosas, en las satisfacciones que ordinariamente desdeñamos: unas zapatillas, unas alubias calientes, un baño tibio o un brasero de picón de encina. De este modo, la caza se convierte en un doble placer, en un placer de ida y vuelta. Durante seis días de la semana el Cazador se carga de razones para olvidar durante unas horas los convencionalismos de la civilización, la rutina cotidiana, lo previsible. Al séptimo sale al campo, se satura de oxigeno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, siente la ilusión de crear su propia suerte…pero, al mismo tiempo, se fatiga, sufre sed, padece calor o frío. En una palabra, en una sola jornada, el Cazador se carga de razones para abandonar su experiencia paleolítica y retornar a su estado de domesticidad confortable.

(…)

 

Sabe usted, Barbas, ¿lo que decía don José Ortega sobre lo que el cazador siente en el momento de disparar?

 

El Juan Gualberto se atusa las barbas complacidamente:

 

-Ese don José -dice- ¿era una buena escopeta?

 

-Era una buena pluma.

 

-Bah!

 

Don José Ortega y Gasset afirmada que, al cazador, en el momento de disparar, le invade una suerte de vacilación compasiva, “como un fondo inquieto de conciencia ante la muerte que va a dar al encantador animal”. Empero, el Cazador vacila ante este noble gesto de vacilación que tan generosamente le atribuye don José Ortega en el trance culminante de la caza.

 

-Déjese de monsergas. Se ve que ese don José no sudó nunca una perdiz por una ladera.

(..)

 

Antaño, las perdices se cazaban con las piernas, ¿es cierto esto, jefe, o no es cierto?

 

-Cierto, Barbas.

 

-Hoy basta con aguardar.

 

-Así es.

 

-Y sabe quién tuvo la culpa de todo?

 

– ¿Quién, Barbas?

 

-Las máquinas.

 

– ¿Las máquinas?

 

-Atienda jefe, las maquinas nos han acostumbrado a tener lo que queremos en el momento en que lo queremos. Los hombres ya no sabemos aguardar.

 

-Puede ser.

 

-¿Puede ser? El hombre hoy ni espera, ni suda. No sabe aguardar ni sabe sudar. ¿Por qué cree usted que va hoy tanta gente al fútbol ese?

 

El Cazador se encoge de hombros.

 

-Porque en la pradera hay veintidós muchachos que sudan por ellos. El que los ve, con el cigarro en la boca, se piensa que él también hace un ejercicio saludable. ¿Es cierto o no es cierto?

 

-No lo sé, Barbas.

 

«

 

Fragmento extraído de «Viejas historias de Castilla la Vieja+La caza de la perdiz roja» (Alianza Editorial Lumen , 1969)

 

Al respecto de la caza nosotras tenemos un poco el regusto de esta última frase. Un humilde “no lo sé” a veces es más elocuente y versado que un gran discurso. Pero hablaremos del tema. Stay tuned, y viva La perdiz roja, el Barbas, Miguel, y don José Ortega y Gasset.

2 comentarios en «La perdiz roja y Miguel Delibes»

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