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OBSERVATORIO: redefiniendo el formato de los festivales, recuperando la Magia

Tiempo de lectura: 8 minutos

Carmen Abril

Para quien no lo sepa: Observatorio es un festival que se celebra desde 2018 en Balboa, un pueblecito mágico en lo más profundo de la montaña berciana, en León. Nosotras descubrimos su existencia en 2022, cuando hicieron un comunicado que nos llegó a través de  redes, pero sobre todo nos llegó al corazón. El comunicado decía, simplificándolo mucho: “ey, este año la venta de entradas no está yendo como esperábamos y no llegamos al mínimo para cubrir gastos. Por favor, echadnos un cable, nos daría muchísima pena que Observatorio dejase de hacerse”. La llaneza y la sinceridad con que estaba escrito nos impactó. Hablaban de cubrir gastos y se notaba que era así, que de verdad querían celebrar el festival aunque ese año no fuese a reportar ningún beneficio, que simplemente querían que existiera. Y menos mal. Ese año no pudimos más que compartirlo y animar a la gente a ir, pero prometimos no faltar a la cita el verano siguiente. 

 

Aquella edición consiguió finalmente salir a flote. Por los pelos, con apenas 300 abonos vendidos, pero a flote. Y,según cuentan, fue tan especial, tan íntima, tan campamento, que al año siguiente el sold out vino solo. Para cuando se supo, nosotras ya teníamos nuestro pase de prensa hacía tiempo gracias a Nico Rodríguez, nuestro fotógrafo favorito (podéis leer aquí la entrevista que le hicimos en los albores de la revista), que también andaba como loco con la idea de ir y que nos puso en contacto con la organización. Ya sólo quedaba esperar. 

Nico en el primer día de Observatorio

La organización

Cuando Paula, a través de Nico, nos pasó el teléfono de Dani y le escribí hablándole sobre nuestro proyecto y nuestra intención, me encontré una respuesta directa, abierta y cálida, un abrazo invitador. Me encontré a un chico más o menos de mi edad, majísimo, y sobre todo apasionado con el tema a un nivel que conozco bien, lleno de energía y de ilusión. Fijamos un día para llamarnos y estuvimos una hora y media al teléfono, hablando de todo: del rural, de los microfestis, de lo complicado de organizar, de la importancia de la fiesta como derecho social, como bastión de comunidad y de alegría…No era un promotor negociando un contrato de prensa o promoción, era un potencial amigo y, sobre todo, una persona majísima.  Todos los implicados en la organización, según me cuenta, lo son. Efectivamente, son un grupo de amigos y no una promotora. Se nota en detalles que mejoran mucho la vida en y del festival y que no suponen ningún beneficio económico para nadie: Blablaboa, para que la gente aproveche los coches de ida y vuelta; punto violeta, sobra explicar para qué; insistencia y facilitación del reciclaje y el cuidado del entorno y de uno mismo…y se nota en el impacto positivo que tienen en el pueblo que, más que soportar, acoge al festival y lo acuna.

Dani, de la organización, pillado en glorioso momento con uno de los fundadores de Pájaro azul, nuestra revista melliza

El pueblo

Finales de junio de 2023. Teníamos los pases, un equipazo formado, una tonelada de ganas de ir y casi ninguna expectativa sobre lo que íbamos a encontrarnos. 

 

Y nos encontramos en casa. 

 

Cuando uno no ha estado nunca en Balboa y llega por primera vez, de verdad que se siente sumergir en un cuento de hadas. Con razón El Bierzo tiene esa cantidad de mitología fantástica. No sé muy bien ni cómo empezar a describirlo y quizá es mejor que no trate de hacerlo, la magia funciona mejor así. Además, podéis ir en cualquier momento del año y descubrirlo.

Veréis, tras adentraros un buen rato en el espesor verde del valle, casitas de piedra y tejados de pizarra.

 Veréis pallozas auténticas (casas prerromanas, también presentes en la arquitectura gallega, hechas literalmente de Naturaleza) perfectamente conservadas, algunas convertidas en restaurantes castizos de chuparse los dedos.

Veréis huertitos de patatas y judías por todos lados, una iglesia, algún grafiti, alguna oveja…

Llegaréis al Parque de Balboa, todo trufado de piezas escultóricas inmensas, talladas en troncos de castaños centenarios para que tomen la forma de una gallina, una serpiente…veréis una fuente que es una mole de cuarzo, de la que mana agua de montaña sin parar. El parque en sí es una playa fluvial, cuyo cauce atraviesa un puente -el puente de los besos- que es una obra escultórica del mismo autor que las otras, Domingo de Canteixira. El conjunto es, todo él, una preciosidad y el lugar perfecto para reponerse tranquilamente de una noche de fiesta.

 

Aún hay más: si levantáis la vista encontraréis un castillo del sXIV (que por cierto, perteneció a los Reyes Católicos), que lo vigila todo desde lo alto de su atalaya verde, con aire de ermitaño  místico, abrigado por el musgo y el tiempo.

Precisamente al pie del castillo está el auditorio natural donde ocurre todo, un espacio de conciertos espectacular que se construyó siguiendo esa línea de naturalismo y magia que caracteriza todo el pueblo y que alberga literalmente el escenario más bonito que hemos visto en nuestra vida… Es este increíble auditorio -y el buen rollo de la gente del pueblo- es la causa de que aquí, además del Observatorio, se celebren el Reggaeboa y el Vibra Balboa. Pero antes de trepar la montaña hasta esa parte de la historia, un paseito por el camping. 

El camping

La verdad es que no es tan difícil. Un campito de fútbol, unos baños de obra (calculados un poco en relación a los abonos vendidos), y ya está. Obviamente, en un festival, nunca vas a tener las condiciones que se tienen en un camping familiar, pero una cosa es una cosa. Unas servidoras, y seguro que la mayoría de los que leen esto también, han pasado por auténticas odiseas festivaleras, sobreviviendo, maldiciendo a quien les ha puesto en esa tesitura de supervivencia y haciendo lo imposible por disfrutar a pesar del malestar físico y la indignación. Y la pena es esa, que cuando tienes que luchar por tu integridad física, disfrutas el festival la mitad.

 

El Observatorio, para asegurarse de que todos los presentes estuviéramos agusto todo el rato, vendió muchos menos abonos de los que el recinto permitía. Yo nunca he visto a la organización de un festival hacer una cosa así, no sé vosotros. El resultado fue que, efectivamente, ni en los momentos álgidos de conglomeración estaba uno incómodo. Ninguna cola duraba más de 10 minutos y uno se sentía, en todo momento, un ser humano individual, libre, pleno, cómodo y disfrutón.

Ese gesto de Observatorio de blindar la comodidad de sus asistentes limitando las entradas (a pesar de la angustia que pasaron el año anterior, y de que podían haber vendido las que quisieran este año) se trasladaba a todo lo demás, se sentía en todos los detalles, en el ambiente. 

Foto de Nico Rodriguez Crespo

Agua potable gratis en todo momento, claro. 

Posibilidad de introducir comida en el recinto de conciertos, claro. 

Baños limpios y retirada de basuras cada día, claro. 

 

Digo claro, pero en la mayoría de festivales no se respetan estos elementos básicos de pura salubridad. Y en Observatorio sí. Y las personas, cuando se les trata  bien, responden. No he visto en mi vida una zona de camping tan limpia al abandonar un festival como la del Observatorio. El domingo por la mañana no había ni un papel en el suelo del campo de fútbol. Y no sólo eso, hablando de las personas, cabe destacar una de las cosas más especiales de todo el festival: 

La gente

Todo el mundo estaba TRANQUILO y CONTENTO. Cuando pones a la gente en un contexto de supervivencia y les das un trato literalmente ofensivo o que ocurre es que, además de disfrutar menos de la música que han ido a ver, se disfrutan menos unos a otros. En Observatorio, que no había problemas de espacio, que todo estaba organizado con sentido, que había una cantidad tan razonable de asistentes que veías una y otra vez a las mismas personas…estabas en las condiciones óptimas de dar la mejor versión de ti, la más satisfecha y rutilante.

foto de Nico Rodriguez
foto de Nico Rodriguez

 

Y sin duda eso fue, junto con el entorno y la música, una de las cosas más mágicas del fin de semana. La comunidad festivalera, la gente. Y, aunque lo barajamos, dudo mucho que la causa sea que, al ser un festival de underground, se congrega gente más guay y buenrollera. También entre los básicos hay gente majísima. Lo que pasaba es que todos nos sentíamos tranquilos y en paz, cosa dificilísima de encontrar hoy en día en un festival. Y lo que es aún más meritorio y aún más difícil de encontrar en un festival: no nos sentíamos así solo nosotros, la gente del pueblo estaba agustísimo también. Los señores y las señoras del pueblo literalmente estaban allí, en las terrazas de los bares-palloza, tomando su carajillo o su café de las 5 como si no estuviéramos, o disfrutando de que estuviéramos, lo que es aún mejor. Vivían los conciertos como los que más -de hecho, la mujer del alcalde, se subió al escenario a bendecir casi todas las actuaciones (le cogió el gustillo la señora Chelo, viva ella)-, seguían cuidando sus huertas cuando el sol aflojaba a última hora de la tarde…¿en qué festival la gente del pueblo sigue con su vida tranquilamente mientras este transcurre?

Los talleres

Quizá una de las formas infalibles de detectar un festival-que-es-más-que-un-festival sean los talleres. En este caso, además, todos tenían que ver con el territorio y las raíces. Nosotras pudimos disfrutar sólo de 3 (no llegamos a la ruta botánica, que era para madrugadores, porque habíamos rebañado la noche anterior hasta la última gota). 

“Beber de raíz”, taller que nos dejó rodando, impartido por la gente de O fiandón berciano, a quienes seguíamos en redes hace tiempo y teníamos muchísimas ganas de conocer (por dios, qué gente más maja).  

foto de @nospegan

“La cianotipia como registro de especies” que nuestro querido Nico expedicionó e impartía Irene Moreno.

 

“Técnicas surrealistas para escribir rapidísimo”, organizado por la revista Pájaro azul, a quien también seguíamos hace tiempo y quienes también resultaron ser una maravilla de gente. Este se celebraba al pie de la piscina fluvial, con los conciertos de fondo. Jolgorio, cervecitas y escritura surrealista. El taller hacía guiños a la cultura berciana de duendes, templarios, ogros y hadas. Una maravilla, como sus organizadores.

taller de escritura surrealista
taller de escritura surrealista

La música

Y por fin vamos a hablar de la música. Observatorio, además de ser un festival-que-es-más-que-un-festival, es uno de esos que te hacen descubrimientos musicales. Es uno de esos festivales en los que, a priori, quizá no conoces a la mayoría de artistas del cartel y uno de esos en los que, a posteriori, volverías al año siguiente sin dudarlo si el cartel se repitiera de principio a fin. Es uno de esos festivales que predicen lo que va a pasar, que apuestan por figuras emergentes geniales que lo petarán al año siguiente (o geniales aunque no lo hagan, pues el éxito no es la calidad).

 

Lo cierto es que había bastantes nombres que nos hacían chiribitas: John Pollon y amigos, BRAVA, La élite, La paloma, Jimena Amarillo…Otros muchos nos las hicieron allí, en directo y nos capturaron para siempre: fue el caso, por ejemplo, del Vatocholo, a cuyo concierto, nos vais a perdonar, le hemos dedicado un anexo*.

Los conciertos se dividen en dos escenarios, entre los que sinceramente, es difícil elegir cual es más bonito: el Parque de balboa y el Auditorio natural. En el parque, durante el día, entre baños y cervecitas, se descansa un poco y se disfruta de la música más fresquita, de las pallozas restaurante, del sol..

 

Los conciertos de la noche se alojan en lo alto de la montaña, al pie del castillo, en el auditorio natural que los romanos que saquearon de oro León en su día habrían admirado. Llegar allí supone una subidita nada desdeñable, sus 15-20 minutitos con notable pendiente -todo cuidadosamente iluminado e indicado para no perderse por la montaña en plena noche, eso sí- aunque el camino, flanqueado por castaños centenarios, merece la pena por sí solo.

foto de Nico Rodriguez
Foto de Nico Rodriguez

El hecho de tener tan difícil acceso hace que, cuando subes a los conciertos, sabes que era para quedarte. En otros festivales de formato fast, el camping está junto a los escenarios y la gente hace botellón durante los conciertos que no le interesan. En Observatorio, subir la montaña es embarcarse en una aventura musical de la que solo vale la pena retornar cuando todo ha terminado. De esta manera, el factor descubridor de artistas del observatorio se ve reforzado. Además de que bueno, insistimos en el auditorio y el escenario, que no se si alguna vez habéis visto algo así…nosotras no. 

Foto de Nico Rodriguez
Foto de Nico Rodriguez

Las montañas, el castillo, la luna, las dos moles de tronco que flanquean a los artistas…en el auditorio natural de Balboa la experiencia musical se dispara hacia las estrellas y los pies pisan el suelo sólo entre salto y salto. 

Algunas menciones flash a algunos conciertos

La élite, el único concierto del festival (y que yo haya visto en mi vida) que estuvo en estado de POGO desde el segundo 0 hasta el final. 0 unidades de exageración. Vaya gas. Majísimos sus integrantes, pura electricidad, puro punk, celebraron la ausencia de policía, que efectivamente no había asomado aún por Balboa, aunque el sábado sí aparecieron a molestar un poco por el camping 🙁 

Domingo club de baile, qué guay. Tuvieron que hacer doblete por la cancelación de Belako y en vez de cansados o nerviosos por la improvisación estaban como saltando en las nubes. Una maravilla de sesión. Las petunias, punk dulce, también chulísimas.

foto de Nico Rodriguez

Increíbles Ciutat con su performance del buitre y Dalila, con su mezcla de electrónica y raíces, bailándoselo con Chelo al final de su sesión.

Amore, a quien no conocíamos, nos gustó mucho, tan tierna y ácida. Jimena Amarillo nos encantó (que resalada ella, por dios) aunque ya lo sabíamos. 

Jhon Pollon y compañía, literalmente los reyes de El Bierzo (celebran por cierto su propio festival todos los años en Cacabelos), estuvieron viviéndosela en el festival desde el jueves y son simplemente buenísimos (yo me enamoré un poco de uno de ellos al verle el primer día en el camping con la bandera berciana a modo de falda y el pelo largo, como William Wallace).

foto de Nico Rodriguez

Nusar3000, que desde que salió la lista de Spotify del observatorio era uno de nuestros más anhelados ¡se hizo amigo nuestro! más bien, nosotras amigas suyas, pero bueno. Es una persona fenomenal, además de nuestro nuevo dj favorito for real (con perdón de BRAVA, que uf). El último saraut para ella, para BRAVA, que es la tía más chula que pisa la tierra, que se pinchó un tema del vallisoletano Erik Urano y que terminó con MOTA de Nusar, la canción que le da ritmo a nuestro videreportaje del festi y con la que estamos obsesionadas. BRAVA, queremos ser como tú, por favor, aceptamos como tus pupilas y llévanos siempre en tu mochila.

 Muchísimo nivel.

Otra cosa muy guay, y una prueba del algodón de un festival-que-es-más-que-un-festival, es que los artistas se quedan a disfrutarlo si pueden, y se deshacen en agradecimientos sinceros hacia la organización. En el caso del Observatorio, esto es muy heavy. Algunos, como BRAVA, hasta los incluyen en algunas de sus letras. Otros, como Amore o el Vatocholo, les dedicaban stories emocionados al día siguiente, agradeciendo el que declaraban había sido el bolo más bonito de su vida y pidiéndoles volver el año que viene.

“Es el festival más bonito en el que he estado nunca” “El mejor festival del mundo” “Traería hasta a mis padres para que lo vivieran” “Este pueblo es una joya, y la gente es la ostia”

 

Se pueden decir muchas cosas sobre Observatorio, aquí hemos intentado decir sólo las más fundamentales (aunque al final nos hemos entretenido un poco), pero una de ellas, la más esencial, el factor Magia, es precisamente la causa de que prefiramos no decir muchas más. El Observatorio es Magia. El/la que aún crea en ella y lo quiera descubrir, que se esté atentx cuando salgan las entradas del año que viene. Nos vemos por Balboa. Fin de la cita.

*Anexo: el concierto del Vatocholo

El Vatocholo abría el festival con el primer concierto del jueves. No le conocíamos más que por la lista de Spotify del festival, pero sonaba muy bien. Cantante de corrido mejicano, al mismo tiempo urbano hasta la médula, efectivamente, sonaba muy bien. Resultó ser además, encantador, hasta pidió por favor que hablásemos entre nosotros y ni le mirásemos para no ponerse nervioso (naturalmente no le obedecimos lo más mínimo). A sus flancos, un talentosísimo guitarra con el pelo verde a lo Cosmo y un bajista de flow mucho más minimal, pero igual de maestro. El vato también tenía su guitarra, una guitarra española que, apretada contra el chándal blanco, lloraba con pasión y garra, con tantas que, de hecho y de pronto ¡púm! saltaron por los aires dos de las cuerdas.

Habían pasado como 10 minutos desde el inicio del concierto y el Vato se quería morir. Pidió mil disculpas y que por favor esperásemos a que lo solucionaran, tarea que abordaron allí mismo, en el propio escenario. Mientras, el guitarrista peliverde decidió tomar las riendas. Primero un solo, mano a mano con el bajista. Después, aparentemente superando algo de nerviosismo, decidió deleitarnos con una canción de su propia cosecha, mientras detrás, en la mesa del dj, el vato y ayuda sudaban la gota gorda para arreglar la guitarra llorona. Pedraxe, cuyo nombre supimos después, dio un paso al frente, carraspeó y empezó a contarnos el contexto de su canción, que no era otro que el siguiente: había planeado escaparse 15 días  a la montaña extremeña, cerca de su pueblo, a desconectar y conectar. Los 15 días al final se convirtieron en mes y medio, empezó a hacer de pastor…y también escribió algunas letras. Esta que nos iba a cantar iba para una cabra mágica. Contó que estaba hecha con estructura de canción popular, así que era muy fácil y podíamos corearla.

(…)

Quiero ser la cabra que es amiga 

De la montaña y la soledad 

De la montaña y de la soledad 

Y las vacas que suban a lo alto 

Quiero que escuchen tocar mi canción

(…)

Fragmento de la letra cedido por Pedraxe

El tema tenía un tono efectivamente sencillo y juguetón, muy sonoro y divertido, hasta tenía un punto cómico. Hablaba efectivamente de una cabra mágica que soñaba con volar hasta las estrellas. La primera vez que la cantó se sintió un poco guasón, la segunda empezó a sumarse la gente…cuando la canto por tercera vez, todo el público estaba cantándola a voz en grito y a mí particularmente se me puso un poco la piel de gallina de la emoción. Cuando acabó declaró que, a pesar su pinta de trapero tirao, él era un fanático del folklore y el campo. ¡VIVA EL FOLKLORE!

Más que entretenernos, Padraxe había conseguido encender al público y para cuando el Vato término de operar con éxito a su guitarra aquello ya era una fiesta, que desde luego el mexicano supo continuar.

El suyo fue uno de los conciertos que más disfrutamos del finde. El Vato tiene la voz preciosa, escribe las letras con su sangre, que es sangre mejicanísima y toca la guitarra que da miedo. El Vato es un ascua de carbón, terrenal y recogido, pero poderosísimo. Puro fuego, viejo. 

El Vatocholo y compañía quienes, por cierto, se iban a ir a Madrid al día siguiente de su actuación y terminaron quedándose todo el finde, tocando la guitarra echados al sol y trepados a los árboles, se llevan nuestro premio Descubrimiento musical del festi y también el de Más disfrutón de los artistas. 

un integrante de la banda del vato, descansando un ratito

 Un anexito tonto pero irrenunciable: saraut para Yasser Unai, un amigo que nos brotó de forma espontánea como una seta, que resulta que es un dj espectacular al que veréis en la próxima fiesta de Todos los Santos en el castillo y un saraut para Kogor, que se vino desde Soria sólo para disfrutar la noche del sábado con nosotras, que es el mejor del mundo y a quien también veréis en el castillo de Villalonso. Vivan los festis bien, viva el veranito en Castilla, viva la Magia.