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Turismo Eco

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Un delicado melón

El debate que venimos a poner sobre la mesa es controvertido y puede herir sensibilidades y orgullos, así que pedimos perdón de antemano (que no permiso) y nos disponemos a insertar el cuchillo en la corteza del melón: hablemos de los traveller.

En los últimos años los viajes -y de un modo especial los viajes de larga distancia- se han vuelto más y más accesibles. Hoy en día no es preciso ser rico para haber viajado largo y tendido por Europa e incluso haber hecho excursiones intercontinentales. Esto es, a priori, innegablemente positivo, un triunfo de la sociedad globalizada, un lujo democratizado.

Además, viajar promueve muchos valores positivos; conocimiento y respeto a otras culturas, relativización de las propias costumbres, toma de conciencia de la diversidad (y la desigualdad) mundial…; Viajar cura ciertas pandemias psicosociales como el racismo o el ombliguismo y, al mismo tiempo, constituye un preámbulo ideal para empezar a valorar lo propio.

Sin embargo, todo lo que se pone de moda acaba, de un modo u otro, por enturbiarse, y en los últimos años (antes de la pandemia) venía atisbándose una suerte de deformación de lo que hacer un viaje a larga distancia implica; una deformación de carácter bidireccional, por la que el destino y el viaje en sí sufría un proceso de «banalización», y nosotros, los turistas, sufríamos un proceso de «guirificación.»

«Sería buenísimo viajar más por la zona en la que vivimos, comiendo fenomenal, gastando poco, no sufriendo el estrés de un vuelo y conociendo el entorno que nos rodea y su situación.»

Turismo de usar y tirar: guiris sin querer

El turismo low cost nos ha brindado mucho a los jóvenes de esta época, sí, pero también se había venido convirtiendo -reconozcámoslo- en una suerte de fetiche, en una actividad sometida por completo a la dinámica consumista, en una especie de coleccionismo irreflexivo (glotón) de experiencias que se consumen (o engullen) de manera rápida, superficial, y casi siempre de cara a las redes.

Este prototipo de turismo “cheap&fast” al que nos referimos es divertido, pero también un poco estresante. Muchas veces, da la sensación de que no se conoce el país realmente, sino desde una perspectiva irremediablemente “turistizada”, que nos convierte en completos guiris (sin ser nosotros nada de eso) y nos deja la cartera temblando y la cuenta del banco bien flaquita. Nos montamos en el avión de vuelta agotados, con resaca, y con más fotos que recuerdos. 

Además de la “auto-guirización”, está el hecho de que al volar se genera una huella ecológica importante (como todos los haters de Greta Thunberg insisten en recordarle) y de que, a menudo -y aquí es donde queremos llegar-, por aquello del coste de oportunidad, al invetir nuestro dinero y el tiempo de vacaciones en estos viajes rápidos y superfluos, dejamos de conocer el país o la región que nos rodea. 

«Por Dios bendito, ¿Cuántos jóvenes castellanos habrá que conozcan el cañón del Colorado y el de Riolobos no? Seguro que bastantes.»

Ermita de San Saturio, Soria

El virusito

 Vale, esto era antes de que estuviese prohibido viajar por gusto (o fuese tan complicado que no mereciese la pena). El virus he tenido este otro «beneficio colateral» (después de «qué se puede aprender del virus« y esto, al final va a parecer que somos fans y no: odiamos al maldito bicho como cualquiera), nos forzó a suprimir este turismo glotón y a sustituirlo, quisiéramos que no, por lo que venimos a promover en este artículo, que es el turismo eco o turismo de proximidad.

Mucha gente joven se ha dado cuenta de las suculentas opciones que su comunidad ofrece por la fuerza, «atrapados» legalmente en ella como estaban, durante el verano y también ahora, en Semana Santa. Nos hemos tenido que dar cuenta obligados de todo lo que hay por descubrir y, para mas inri, de lo cómodo y fascinante que es encontrar un destino sorprendente bien cerquita de casa. Lo decía Agustín, un personaje de la salmantina (y maravillosa) Carmen Martín Gaite en “Irse de casa”: “es bueno desarrollar curiosidad por lo que tenemos cerca”.

Decía Eric Fromm, además, que no puede amarse lo que no se conoce en profundidad, así que, si se piensa, el turismo de proximidad es vital para el rearraigo. ¿Cómo vamos a reidentificarnos con nuestra tierra si no la hemos recorrido primero?

en La fuentona, Soria

 

«El prototipo de turismo “cheap&fast” es divertido, pero también un poco estresante; no se conoce el país realmente, nos convierte en completos guiris y nos deja la cartera temblando»

Turismo de cercanía, turismo eco

Conocer el vasto y ancho mundo es genial, pero resulta un poco absurdo que nos lancemos (o nos lanzásemos) a rutas por los Alpes, por Nepal o por el pirineo aragonés sin haber trepado jamás la montaña palentina (o la que más cerca nos pille); que en cuanto podamos nos escapemos un finde a Brujas, a Berlín o incluso a Marruecos, pero jamás hayamos estado en Zamora, en Ávila o Segovia paseando y tomando cañas. Por Dios bendito, ¿Cuántos jóvenes castellanos habrá que conozcan el cañón del Colorado y el de Riolobos no? Seguro que bastantes.

Viajar a larga distancia es una experiencia increíble y está genial disfrutarla de vez en cuando, pero hay que darle el tratamiento que merece, más especial y singular, menos banal. Seguramente, cuando todo esto acabe planificaremos los viajes largos con más tiempo y más emoción que antes de la pandemia. Insistimos en que lo importante no es dejar de hacerlos, sino de que hay que hacerlos mejor, siendo más conscientes.

Y, sobretodo: Insistimos en que hay darle el hueco que merece en nuestro ocio, nuestro bolsillo y en nuestro corazón, al turismo de cercanía, a la exploración intrépida (la autoexploración) de la tierra castellanaCastilla alberga el 80% del patrimonio cultural español. Tiene también muy apetecibles destinos de turismo de naturaleza y no hablemos del turismo gastronómico (mmmmm). Como ya hemos dicho algunas veces: amigxs, daos cuenta. 

Un término medio

No queremos decir que esté mal hacer viajes largos de vez en cuando (de hecho está muy bien), ni que esto sea incompatible con el ecologismo, ni siquiera que debamos centrarnos enteramente  en el turismo “endógeno” y explorar sólo la tierra en la que hemos nacido. Siempre fuera de extremos y máximas absolutas. 

Lo único que sugerimos es que quizá debemos buscar un equilibrio más sano entre estas dos formas de viajar: Sería bueno -en el futuro, cuando se pueda- preparar los viajes largos con tiempo e ilusión, tomándolos como lo que son -una aventura épica- y no como un finde tontorrón. Sería buenísimo viajar más por la zona en la que vivimos. Cogerle el gustillo a explorar pueblos perdidos, comiendo fenomenal, gastando poco, no sufriendo el estrés de un vuelo y conociendo el entorno que nos rodea y su situación.

@marinettigil
@marinettigil

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