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¿Qué tiene que ver Wes Anderson con Unamuno, Don Quijote y Santa Teresa de Jesús?

Tiempo de lectura: 4 min

Carmen Abril Martín 

Circunstancias mágicas 

Me ocurre en ocasiones una cosa muy curiosa que yo quiero considerar magia, pero que seguramente es sólo una especie de auto-falacia psicológica: leo algo y mi siguiente lectura no solo está relacionada, sino que encaja y da perfecto sentido a la lectura anterior. O veo una peli que parece la continuación, o una versión en época distinta, del libro que estoy leyendo.

Durante la cuarentena se dieron para mí dos gloriosos contextos que, entrelazados, dieron lugar a la hipótesis extraña que insinúa el título de este artículo. Hace pocos días me topé con un texto que me dio la pieza que faltaba para encajarlos y vengo a contar todo ese proceso y, sobretodo, vengo a contar qué tienen que ver estas 4 figuras a priori tan alejadas entre sí.

Para empezar, durante la cuarentena, de pronto tenía tiempo para avanzar en mi lectura de El Quijote, a la que en Madrid sólo podía dedicarle los 5 minutos antes de que se me derrumbasen los párpados cada noche. No era una lectura obligada del máster, pero era la primera vez en mi vida que estudiaba literatura de forma “avanzada” y me hacía ilusión. Lo utilicé en algún trabajo, y también para un artículo que se publicó aquí, pero me morí de risa y me resultó profundamente enternecedora la relación de Quijote con la realidad, y de un modo especial la relación de Sancho con la realidad de Quijote.

 

Por otro lado, debía escribir, para la asignatura de cine, un ensayo sobre un director de a elegir de una lista. Elegí a Wes Anderson. No fui muy original, lo sé. Podría haber elegido a Lars Von Trier o a Passolini, pero elegí a Wes Anderson y no me avergüenzo en absoluto de mi falta de originalidad: eran tiempos oscuros y Wes Anderson es una medicina para el alma, lo sabe hasta Travis Scott. 

Este artículo, de hecho, es primordialmente un homenaje a su persona. Los tres días que pasé enchufandome toda su filmografía fueron los más hermosos e inspiradores de todo mi encierro. Digo más: los tres días que pasé enfuchandome toda su filmografía fueron para mí días plenos, soleados y felices, y los recordaré para siempre. Thank you u for everything.

 

El caso es que nada más empezar la cuarentena mis deberes consistían, en parte, en ver todas las películas de Wes Anderson y sacar alguna conclusión al respecto. Si has llegado hasta este punto de lectura seguramente es porque tu también eres fan de Wes Anderson y andas preguntándote qué coño tiene que ver con los otros tres. Ahora viene.

Slow life, chico

Antes voy a hacer una reflexión que es un poco de regodeo privilegiado, pero es la verdad: para mí la cuarentena fue, de algún modo, una auténtica delicia. Eran días de primavera, hacía buen tiempo y yo era -por primera vez de manera indiscutible- la persona más afortunada del mundo por vivir en el campo, que estaba lleno de flores, de sol y de paz. Para mí y para mi familia, y seguramente para todas las personas que no se vieron obligadas a estar encerradas en un piso ni sufrieron el COVID como tal, se produjo una sensación “burbuja”, de sosiego y refrenado del mundo, como una sala del tiempo de Dragon Ball Z. Jamás me habría terminado El Quijote en Madrid, jamás habría visto más de tres pelis de Wes. 

 

Fueron días bonitos y yo supe más que nunca lo que es la calidad de vida y empecé a comulgar de verdad con el Slow Life Movement, del que espero poder hablar pronto aquí. Sufrí también alguna fase de ansiedad -al fin y al cabo, se estaba acabando el mundo- pero por primera vez saboreé al máximo el aislamiento natural del campo, que te deja espacio para moverte a gusto.

@marinettigll

Ahora sí: W. Anderson y los cohetes amarillos

 

El caso: y ya voy con ello de verdad. Centré mi trabajo en una averiguación que creí hacer:  me di cuenta de que Wes Anderson siente fascinación por un tipo de personaje concreto: el manipulador encantador (o, mejor dicho, el encantador a secas, pues encantar es convencer con un hechizo). Aquel que, dentro de un considerable rango de locura, está tan convencido de sus propósitos y despliega sus medios para conseguirlos de una forma tan personalísima y candorosa que acaba, más o menos, lográndolos. No es que tenga mala intención ni fines perversos, simplemente necesita (se atreve a a) vivir como piensa, y piensa de una manera peculiar (normalmente grandilocuente, histriónica y bonita).

El rubio de Bottle Rocket, el niño Moonrise Kingdom, el padre de los Tenebaums, Mr Fox, el gerente de Gran Hotel Budapest…todos son personajes llenos de vida, de entusiasmo, de autoconvencimiento, de excentricidad y empeño. Su fe en sí mismos es casi mística, están completamente imbuidos en su propia personalidad, historia y objetivos. Están bastante locos, sí, son incluso ridículos y la sociedad les golpea bastante, además,a menudo hacen daño a los que quieren. Todo estoo les duele, pero no pueden vivir de otra manera que así, arrastrados por su propia pasión y arrastrando al resto. Son incapaces de aceptar un no por respuesta así que, de una manera u otra, terminan convenciendo a los demáss de que entren en su juego.

Los demás, que en determinados momentos se fingen escépticos, terminan entrando, porque en el fondo admiran desde lo más hondo su convicción, su seguridad y su capacidad de mantener siempre el papel intacto, de no parar jamás la performance, convirtiéndola así en real. Show must go on y estos personajes, como los cohetes amarillos de Querouac, restallan y chispean se les siga el rollo o no, aunque lo cierto es que ellos, en el fondo, necesitan que se les siga.

Esto es importante; lo disimulan, pero dependen desesperadamente de la admiración ajena. Igual que el árbol que no hace ruido al caer si nadie lo escucha, su performance necesita de un receptor que se la crea para materializarse. No obstante, no les es imprescindible convencer a todo el mundo. A menudo les es suficiente con un puñado de seguidores o incluso con uno sólo.

Como Don Quijote y Sancho. Como Teresa y sus carmelitas descalzas.

 

Este tipo de personaje (o más bien, de fenómeno personalístico) -al que, según defiendo, Wes Anderson ha dedicado su carrera- es lo más quijotesco que puede existir. Y Santa Teresa* también. Unamuno entra aquí, porque él siempre relacionó a Teresa con el Quijote, siendo esta comparación una cosa bastante original, entrañable y certera. Decía que los libros de Santa Teresa -la mayoría de los cuales eran prácticamente diarios de viajes- eran “libros de caballerías a lo divino”. Inventó el verbo teresizar y lo equiparaba al de quijotizar. Él, como Wes Anderson, estaba arrobado por la caballería andante, por ese tipo especial de auto-convicción que, de tan loca, contagia.

*Aquí cabe destacar que a Santa Teresa ahora la conocemos como una Santa, pero en su momento y para muchos fue una loca, una especie de pasionaria de lo religioso, una tipa cuya relación con Dios era tan estrecha que casi daba en romántica, en erótica. Inventó -por así decirlo- el éxtasis religioso, revolucionó el cotarro monjil, que se estaba aburguesando, convencida como estaba de que, donde había amor a Dios, sobraban alhajas. Robó, dicen, un buen puñado de corazones, tanto de nobles como de altos cargos eclesiásticos (y seguro que no sólo de varones). Fundar un convento ya es mucho más arduo de lo que pueda parecer, pero ¿fundar una orden? ¿convencer a todo un arsenal de mujeres de que estaban equivocadas en su manera de vivir la fe, y, mucho peor, que la manera correcta implicaba ir descalza por la vida? Mucha gente de la época se la quería cargar, fuera broma. Un terremoto, Teresita. Si algún día estáis aburridos, leed sobre ella, o sus obras. Y, si queréis flipar, leed «Introducción a Santa Teresa de Jesús» de Cristina Morales.

El payaso rey

Hace pocos días, justo cuando estaba atascada respecto a la manera idónea de hilar bien este artículo -y aquí vuelve el efecto de la magia random- abrí por absoluta casualidad,  por aburrimiento y casi con desidia  “La tía Tula” de Unamuno. Era el típico libro que nunca me había apetecido leer, pero me bastó el prólogo. En él, el propio autor, además de afirmar que las raíces del libro son teresianas y quijotescas, “que son una misma raíz” añade este párrafo, que me permite traer de nuevo a Wes Anderson al baile:

“Lo que acaso alguien crea que diferencia a Santa Teresa de Don Quijote es que éste, el Caballero, se puso en ridículo y fue el ludibrio y juguete de padres y madres, de zánganos y reinas, pero ¿Es que Santa Teresa escapó al ridículo? ¿Es que no se burlaron de ella?” 

Esto es importante; a pesar de su encanto y su convicción, tampoco es que los personajes de Wes se lleven el gato al agua y se vayan de rositas. Como se decía líneas arriba, se ríen de ellos constantemente, los consideran tontos o unos frikis: en los fantásticos personajes de Wes está siempre presente el factor burla de los demás. Una burla que termina reblandecida por lo admirable y valiente que resulta esa actitud vital, pero una burla al fin y al cabo. Son personajes adorables, pero de algún modo también patéticos, frágiles, cargados de claroscuros.

Aunque por encima de todo, son personajes inolvidables. En realidad, el mundo de la novela y del cine (el mundo de la narración de historias, en general) está cuajado de ellos. Porque por mucha guerra que den, por muy locos que estén; son ellos los que hacen de la vida una aventura. 

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